martes, 30 de mayo de 2017

El lado bueno de las cosas



Necesito ver el lado bueno de las cosas, pensó,

aunque las cosas no devuelvan nunca la misma bondad.

Tras las huellas que dejé, tantos pasos sin piedad,

se borró todo lo que de ti amé sin nombrar. 

Ahora necesito ver que existe lo que no se muestra

entre la niebla, flotando entre palabras escondidas,

que no se abren a la verdad, que se oculta la vida,

que se marchitan los años, que se niega lo que es,

cada cosa que doy, que me pasa, cada cosa que no puedo ver. 

¿Sabes? 

Necesito entender que las cosas tienen manos, rostro y corazón,  

que son todo alrededor, 

hasta las que mueren sin ser dichas, 

las que perecen anónimas, esperando, horas y años sin sentido.

Necesito llegar, gritó. ¿Dónde está?

Corría a ciegas, buscaba,

en alguna parte está la verdad que ahora niegas.

No te dejé para que fueras mi olvido,

te dejé atrás para que vieras que una mujer

responde al dolor con furia pero sin ira,

una mujer escapa sintiendo, cuando no ve, cuando no entiende. 

Y cuando necesita saber la razón de una mentira,

a su espalda deja la oscuridad apagada 

y corre persiguiendo el lado bueno de las cosas 

para darles vida. 



miércoles, 29 de marzo de 2017

El peso del capitán


Cuentan en el pueblo que el capitán había sido una casualidad valiente en aquellas tierras, un milagro de nariz aguileña, mirada oscura y aires de tristeza. Solía deambular por las calles con el pecho encogido y la espalda doblada por el peso de sus pensamientos. Algunos de ellos escapaban entre sus labios, a veces, cuando las nubes cargadas se posaban sobre la montaña que vigilaba el devenir del pueblo. Los que le conocieron dicen que el capitán vagaba por cuestas y senderos sin rumbo fijo y soltaba palabras al viento como una llamada hueca que nadie oía. Los que le conocían se fueron muriendo y los que les sucedieron se congregaban, cada vez menos, ante su estatua en la plaza del pueblo para inventar historias en su memoria.
Manuel creció frente a la estatua del capitán. Cada amanecer salía de casa con un pañuelo blanco y limpiaba la placa donde se ensalzaba su comportamiento heroico en la guerra y proclamaba el agradecimiento del pueblo a su fundador. Comprobaba que todo seguía en su sitio: la mosca que rondaba la nariz del capitán, la abeja que se posaba sobre la curva de su espalda y la roja amapola que se balanceaba con la brisa a sus pies. El pequeño no sabía por qué tenía el capitán tan curiosos compañeros. En alguna ocasión había preguntado a su padre, pero éste se había limitado a levantar los hombros con mal disimulada indiferencia. No tenía ni idea de por qué rondaban esos insectos en torno a la estatua del capitán y tampoco conseguía explicarse la insólita presencia de la amapola en cualquier época del año, con lluvia, nieve o sol. 
En realidad, nadie, salvo Manuel, se extrañaba ya de lo que ocurría alrededor de la estatua del capitán. Lo insólito, como ocurre siempre, se había transformado en costumbre y la rutina pintó el retrato definitivo del capitán acompañado de una mosca, una abeja y una amapola. “Son sus compañeros de viaje, Manuel, parece que así lo han elegido.” Era la única explicación que había oído de la boca de su abuelo. “El peso de la vida es más ligero si alguien nos ayuda a llevarlo.”
A los ocho años, Manuel asimiló la explicación del abuelo con naturalidad. A los dieciocho, la cuestionó como una más de las fantasías que alimentaban los lugareños para conservar su fama. Y a los veintiocho, la olvidó por completo. Nadie volvió a limpiar la placa con el mismo fervor que el pequeño Manuel. La vida le alejó de la plaza donde se erguía el capitán y lo dejó solo con sus compañeros de viaje.
Cuando cumplió los treinta y ocho, Manuel regresó. Una desgastada mochila verde colgaba de su espalda y sus botas estaban cubiertas del polvo multicolor de mil caminos. Se detuvo frente al capitán con una profunda mirada de desolación. Lo primero que hizo fue encender la cámara que llevaba colgada al cuello y sacar una foto. Vio la falta de piedad del tiempo y los estragos de la vida a la intemperie. La misma vida dura y cruel que él había llevado, país tras país, como reportero de guerra. Tenía heridas grabadas en la cámara, estampadas en papel y selladas en el alma. Acarició la electrizante piel de la amapola a los pies del capitán y escuchó el zumbido de la abeja que le daba la bienvenida.  
Al amanecer se levantó, decidido, y limpió de nuevo la placa. Pasó la suave tela por el frío metal y ese contacto le estimuló para hablar al viento como el propio capitán. “Palabras de ecos vacíos, de preguntas sin respuesta, de pensamientos cargados de sentimientos”, se dijo. Un paso tras otro, inició un recorrido sin destino por calles y recodos que le llevaron hasta la orilla del río. Se detuvo ante los guijarros que domaban el cauce y marcaban nuevas rutas de agua. Lo veía dócil, pero podía ser indómito y arrasar lo que se interponía en su camino, ciego contra todo, como los guerreros de las tribus que había visto morir en África. Decenas, cientos, miles de cadáveres apilados en las cunetas, abandonados al banquete de muerte de los animales salvajes que después celebraban su festín. La muerte, negra como las alas de las moscas que revoloteaban sobre los rostros de los niños desnutridos que jamás verían un futuro en color.
El zumbido de una abeja junto a su hombro le distrajo un instante. Sonaba como un lamento sordo, insistente, perturbador, como el de los muchos que había oído agonizar tras la batalla sin consuelo ni salvación. Siguió su vuelo con la mirada y la vio detenerse frente al reflejo del sol en el agua: deslumbrante, casi cegador, como el inicio de una llama. Como el fuego que construye desiertos donde antes habitaba la vida.
Todo había cambiado en él. Lo supo definitivamente cuando dio los primeros pasos para abandonar la orilla del río y, en la suave pendiente que protegían los árboles, descubrió el rojo de un puñado de amapolas alfombrando la tierra. Rojo intenso como la sangre derramada en tantos lugares del mundo, meciéndose dulcemente al ritmo de la brisa. “Estás enloqueciendo, Manuel”, se dijo. “Vas como el capitán, hablando solo, viendo llamas, muerte y sangre en lo más inocente de la naturaleza. Como a él, te perseguirá lo vivido y sentirás su peso en todo lo que respira. Te vencerá el peso de sentir…”
Manuel regresó a la plaza y contempló la belleza de la amapola junto a la estatua. Se preguntó si todo lo sufrido, si tanto dolor, podía transformarse y quedar atrapado en la constante caricia de una flor. Se preguntó si era mejor seguir teniendo recuerdos como compañeros de viaje y abrazarlos dentro del mismo equipaje. “¿Por qué nada nos permite olvidar?”, se preguntó. La misma pregunta le trajo la respuesta y la decisión.
Al amanecer Manuel abandonó el pueblo con su mochila a la espalda. “Adelante, capitán”. Quedaban muertes que denunciar, demasiadas guerras que retratar, infinitas injusticias, y había que dar testimonio de ellas. De nada servía esconderse dentro porque esa necesidad pesaba más que cualquier dolor, rojo sobre negro.
Aquella mañana, con los primeros rayos de sol, los habitantes del pueblo descubrieron la ausencia. Algo faltaba en el paisaje cotidiano; la plaza aparecía solitaria y vacía, mientras el zumbido de una mosca perseguida por una abeja rompía el silencio. Una placa recién lustrada proclamaba que allí había estado la estatua del fundador, gran capitán y héroe de guerra. A  su lado, marchitándose, una amapola. 



martes, 7 de febrero de 2017

Te debo un poema de amor




Tal vez fue entre la niebla o cuando el otoño caía,
ayer cuando temblaba, el año pasado o el anterior,
quizá fue entonces, se me rompió un poema entre los dedos
antes o después de que el dolor se desvaneciera
el poema quedó en suspenso, prendido a un recuerdo,
que ya no vivía,
flotaban las palabras de siempre, tan rozadas, tan sentidas
entre tú y yo, piel, renuncia, abrazo, deseo,
nada nuevo entre los amantes, a estrenar para nosotros,
renacíamos juntos, creímos reinventar
eso tan trillado que florece en primavera
o cuando el frío ahoga, eso que llaman amor, amor eterno.
Y fue tan lento, tu abandono, tan lento como un adiós
que no se nombra, y su sombra crece, abraza el alma
y se congelan las palabras, y nada suena entorno a ti,
poco a poco te vas, y tu sonrisa queda atrapada,
en el olvido te fundes y tu voz se apaga y tu risa
es eco en la cima de una montaña que no alcanza
el cielo que prometías.

Y regresas a tu paz, dejándome el tormento y la vergüenza,

soledad inesperada,
mentiras habituales, traición por costumbre, 
vulgar aliado de la cobardía tu silencio, 
te comprendo, tan manido, tan usado,
nada nuevo y un poema encerrado  
que gritaría orgullo y decepción, horas entregadas,
ternura malgastada, amor vencido, antes y ahora.


No hay letras desnudas, todas van vestidas de piel desgarrada,

no hay alma que no se encoja entre sentimientos.
No hay poema de adiós que no estalle y escupa tinta de odio
hasta que las palabras y su dolor acuden solas al poema,
un poema al que las palabras empujan, palabras que se rebelan,
entonces y ahora, saben ser promesa,
luchan por ellas, se niegan a no ser,
palabras que cumplen y son 
un poema de amor.





martes, 31 de enero de 2017

Fuera de contexto.




Ante ti amanece un atardecer de terciopelo, 
lienzo para sueños jóvenes, color melocotón para hincarle el diente,
pensando en más pedazos para completar el festín.

Cuando el sol te abandone, te verás confuso, 

la oscuridad es ingrata y ciega, habla en silencio,
las palabras me dejaron tirado, gritarás,
sobre el suelo, lágrimas,
alguien te sacó de contexto. 

Me dirás que estás cansado, que nadie te comprende,

Me dirás que has vivido mucho y te responderé que no lo suficiente.

Los años aún visten tu piel con peso liviano,

no duelen al caer ni aprietan la frente,
no te atan todavía con el interminable nudo
que enreda sentimientos adultos hasta volverlos viejos.

De un lado verás tu mundo, del otro la realidad.


Aún has de alimentar tu mente rebelde sin el corazón triste,

esquivar disparos que son decepciones, escribir silencios, 
odiar traiciones,
y desgastar más zapatillas en piedras duras, en atardeceres grises.
Tropezar y caer es el juego cruel de los años, 
se deslizan mientras nos aferramos a una tabla que no salva,
sólo empuja y avanza hasta dejarnos magulladuras nuevas,
perdón, dolor y huesos rotos.

Aún has de crecer y creer, 

porque la intuyes pero no la ves, 
es la existencia de tu verdad,
es la promesa de una vida que te invitó a una fiesta
donde contemplas que el amor va y viene, pero algo deja.

Aún has de ser el hierro que forja amistades y doblega penas, 

la mano que da forma a una historia valiente,
la que escribe palabras inventadas para su propio texto,
el amor que adorna el mundo y se queda con él,
el futuro que hará tu corazón más inmenso. 
Aún.



(Foto Jorge Santos)



lunes, 23 de enero de 2017

Mensaje en una botella





No era el mar pero se le parecía. 
El sudor que desprendían los cuerpos 
impregnaba el aire de humedad y sal. 
Llegaban en oleadas, puntuales,
como una marea inquieta y oscura que anegaba las vías 
hasta que el tren lleno devolvía una estación en calma, 
con orillas plagadas de envoltorios, 
deseos agotados,
papeles arrugados y alguna colilla. 
Entre los restos apareció un día una botella solitaria, 
transparente y vacía. 
Aguantó el empuje hasta perecer hecha añicos 
entre los pies que corrían. 
“Estoy aquí”, gritó.
Eran sus pedazos al romperse. 



jueves, 19 de enero de 2017

El círculo




El primer paso llega el primer año,
cuando aún no has pintado los horizontes.
Niño de pie, te empujan a una aventura dubitativa y torpe,
y asomas la cabeza descubriendo otra esquina prometedora,
y das un paso, y otro, sin parar en el desvío que te lleva 
a donde no sabes si llegarás.

Busca tu camino,

encontrarás tu destino, dice la rima.

Y durante años recorres senderos estrechos 

soñados como luminosas avenidas abiertas a la esperanza
y confías en que tus pasos rectos te descubran un refugio,
las palabras justas, el acomodo seguro, la ciencia cierta. 
Hasta ese punto en el que giras la cabeza y ves un círculo
detrás, y delante un traspiés, y una vuelta más.

La vida te rodea

y giras sin saber si tus pasos avanzan o retroceden,
si retornas al límite de las ilusiones,
o estás delante de lo que no es,
los cimientos se hunden y las señales tiemblan,
y dudas al no sentir 
si duele más pisar el suelo ya desgastado o la salida que no se ve.

Y un año descubres que el futuro es ese círculo

que va dibujando el pasado que te aferra a lo que eres,
por veredas tortuosas en tropiezos mil veces cometidos,
y son tus pasos el camino, dijo el poeta,
el mismo camino siempre
y nada más. 



viernes, 25 de noviembre de 2016

Juego de Hombres


“Algún día lo dejaré, sí, algún día…” Era el pensamiento que le invadía cada noche al sentir el olor a mugre que desprendía la puerta del almacén junto al puerto. A los 35 años vislumbraba su inevitable final. Moriría de un tiro por la espalda, desangrado en un callejón de madrugada, como en la típica novela negra. Solo que él no era un héroe de gabardina y sombrero calado hasta las cejas. Estaba harto de esconderse y sobrevivir como un delincuente, con el doloroso recuerdo de una mujer en las entrañas.
Se tocó el costado con el gesto que le consolaba siempre y respiró hondo. Abrió la puerta y sin saludar se encaminó hacia la mesa donde sus hombres esperaban órdenes.
—Los mexicanos nos esperarán en el muelle hasta las tres. Si no llegamos a tiempo, se marcharán con el cargamento —explicó.
Asintieron sin rechistar. Era el jefe, a su pesar. Ninguno de los otros era capaz de ponerse al mando de sus “negocios” en el puerto. No tener otra vida era lo único que les unía. Solo dudaba de Adolfo, el último del grupo, un tipo que acumulaba silencios para tapar sus deudas a la vida.
Y aquella noche Adolfo parecía más alterado que de costumbre. Miraba sin disimulo hacia el cuartucho del baño, por donde asomaba el filo de una luz azulada. El jefe dirigió hacia allí y abrió la puerta de un empujón. Unos ojos verdes le devolvieron el reflejo de los suyos. Un muchacho escuálido y moreno que sostenía un móvil entre las manos estaba sentado sobre la tapa del retrete. Parecía aterrado, pero no se movió del sitio que había tomado como fuerte.
Adolfo dio un paso e irguió la cabeza, desafiante.
—Es el hijo de mi hermano. Parece que se ha escapado de casa o eso creo, porque no suelta prenda. Siempre han tenido muchas movidas en casa…
El chico ignoraba la explicación con la mirada fija en el móvil que desprendía luces de colores al ritmo de disparos de metralleta. Movía al héroe del juego sorteando enemigos a toda velocidad. Los cuerpos quedaban mutilados y ensangrentados en un macabro espectáculo de diversión.
—¿A qué coño estás jugando, chico? —preguntó el jefe sin poder contenerse.
—¿Y vosotros, a qué jugáis? —respondió.
Se quedó atónito por la osadía del muchacho y creyó ver en sus ojos un destello de dolor, muy parecido al suyo. Un espejo de sus 15 años.
—Esto es serio. Nos jugamos la vida.
—La vida de otros… Yo quiero… Necesito aprender a matar.
—¿Qué dices, chico? ¿No tienes suficiente con ese juego? Déjalo así.
—Me llamo Ángel… No, no es suficiente. Tengo que hacerlo real.
—Vale. Escucha. Si tu tío te ha contado algo, sabrás que no somos asesinos. Nos limitamos a hacer que las armas cambien de manos. Lo que hagan con ellas, no es nuestro problema. ¿Entiendes? No matamos a nadie…
—Dilo como quieras. Viene a ser lo mismo —puntualizó, tajante.
Se sintió incapaz de seguir discutiendo. La conversación había destapado recuerdos cubiertos con grandes capas de esfuerzo. Un rostro de mujer amado y dulce, azotado por la mano del hombre que odiaba. No podía permitir que esos recuerdos resurgieran.

La operación era arriesgada y los peores presagios se confirmaron. La Guardia Civil les esperaban en el muelle donde habían acordado la entrega y los mexicanos trataban de escapar del cerco policial. Apenas les dio tiempo a escapar, aprovechando la confusión, y volver al coche. Antes de cerrar la puerta trasera se oyeron dos detonaciones y un cuerpo cayó de golpe sobre el asiento.
—¡Joder, si es el chaval! —exclamó el jefe.
Cuando regresaron al almacén, a salvo por poco tiempo, Ángel gemía afiebrado, pero consciente.
—¿No he matado a nadie, verdad, jefe? —preguntó con un hilo de voz.
—Solo has conseguido un buen rasguño. ¿En qué demonios estabas pensando?
—Quería probar… Tengo que liquidar lo que dejé pendiente en casa.
—¿Y qué tienes que liquidar?
—A mi padre.
Sí, ahí estaba. Era él a los 15 años; el mismo dolor, su misma rabia. Y una escena en el recuerdo. La lluvia aquella noche resonaba contra el tejado y de su costado izquierdo manaba la sangre que goteaba hasta el suelo. Y su sangre se unía a la de su madre en un charco oscuro. Ella agonizaba sobre las baldosas del salón; el rostro cubierto de heridas nuevas desgarrándose sobre las viejas. Su padre sostenía el cuchillo que le servía para descargar las frustraciones de su alma de bestia contra ellos. Y a los 15 años dejó de dudar. Le disparó con una vieja pistola comprada meses antes. Fue su seguro de vida y el símbolo de la angustia que le acompañaba desde que cerró los ojos de su madre con un beso y dejó bien abiertos los de su padre, como último castigo, para que no dejara de mirar el dulce rostro de la mujer que había destruido día a día. Y desde entonces llevaba la vieja pistola en una cartuchera pegada al costado, junto a la herida que le marcó más allá de la piel.
—Mi madre es lo que más quiero… —De los ojos del muchacho brotaron por fin unas lágrimas rendidas a la desesperación.
—Lo sé. Pero matar nunca es la solución. Los muertos no desaparecen como los del juego de tu móvil. Estarán presentes en la vida que trates de construir al margen de su recuerdo. No te concederán ni la libertad ni el poder que imaginas. A su modo, nos atan, nos vencen y nos entierran con ellos. No te estoy echando un sermón de cura, chico. Es la puta realidad. Lo sé bien… Te ayudaré a proteger a tu madre, ella vivirá por la mía. Y lo haremos sin juegos que nadie gana. Los necios juegan a controlar el mundo, pero los hombres solo vencen cuando se dominan a sí mismos. Tú eres mi última oportunidad, Ángel, y yo la tuya.